un poder femeninoCuando a finales del siglo XV el escritor Juan de Lucena quiso alabar la figura de Isabel la Católica, no se le ocurrió mejor frase que ésta: “¡Oh corazón de varón vestido de hembra, ejemplo de todas las reinas!” Corazón de varón, pues era disciplinada, inteligente, decidida, firme y virtuosa, cualidades todas ellas que no encajaban –según la mentalidad de sus contemporáneos- en el talante femenino, veleidoso y astuto, amedrentado y frívolo. Por naturaleza, como ya señalaba el tan seguido Aristóteles, el poder debía ser ámbito exclusivo de los hombres, los únicos dotados para ejercerlo.

Mucho se ha logrado, desde luego, desde que algunas damas cultivadas, hartas de ser consideradas propiedad jurídica de los hombres y eternas menores de edad, empezaron a reclamar sus derechos cívicos a finales del siglo XVIII. Mucho desde que, en 1791, en plena Revolución Francesa, la escritora Olympe de Gouges se viera obligada a ampliar la “Declaración de los derechos del hombre”, aprobada por la Asamblea en 1789 y que tan sólo parecía afectar a los varones, con su propia redacción de los “Derechos de la mujer”: “La mujer tiene derecho a subir al patíbulo; debe tener igualmente derecho a subir a la Tribuna”. Mucho desde que en 1861 se concediera por primera vez el sufragio a las mujeres –aunque restringido- en Australia, o desde que el voto femenino se convirtiera en una realidad en numerosas democracias después de la I Guerra Mundial. Pero queda también mucho por hacer. El año pasado el Foro Económico Mundial –organismo poco sospechoso de feminismo militante- hizo público un informe que asegura que en ningún país del mundo existe la igualdad total entre los dos géneros. Los que más se acercan son los países nórdicos, encabezados por Suecia, mientras que España ocupa un deshonroso puesto 22 entre los 30 Estados más desarrollados del mundo.

Ante tantos datos abrumadores sobre la desigualdad, no cabe la menor duda respecto a la profunda oposición por parte del género masculino a compartir el poder con nosotras. En buena parte del planeta, las mujeres siguen siendo seres de segunda fila y sobreviven privadas de muchos de los derechos de los que goza un varón y sometidas al absoluto dominio de éste. Pero incluso en las sociedades occidentales la resistencia es una realidad que cada una de nosotras vivimos a diario. La misoginia, como una serpiente de mil cabezas, repta persistentemente entre comportamientos, actitudes y palabras. A veces se esconde detrás de los discursos políticamente correctos, pero a menudo, en cuanto el orador se relaja o permite que le domine el temor a perder su territorio, ella asoma su cabeza nauseabunda. Que se lo pregunten sino a Ségolène Royale, que durante su campaña a las elecciones primarias ha sido furiosamente atacada con toda clase de comentarios sobre su aspecto físico y su vestuario, dudas sobre su inteligencia o sospechas respecto al futuro de su vida familiar. Cuestiones todas que jamás nadie dirigiría a un candidato varón.

Pero también hay quien asegura que las mujeres no estamos más representadas en el poder porque nosotras mismas no lo queremos. La afirmación es demasiado general pero no baladí, y merece detenerse en ella. Personalmente, conozco a mujeres muy inteligentes y muy preparadas que han rechazado cargos de alta responsabilidad cuando se los han ofrecido. Los han rechazado porque sabían lo que eso significaba: desde el punto de vista de los objetivos, verse obligadas a justificar a menudo lo injustificable, a aceptar batallas absurdas, a tomar decisiones injustas en nombre de los supuestos intereses de la empresa o la institución; desde el punto de vista del modo de ejercer ese poder, tener que aguantar y propinar toda clase de zancadillas y hasta puñetazos en pleno rostro; y además, en lo referente a sus vidas personales, someterse a jornadas laborales de 12 horas durante 7 días a la semana, teniendo así que renunciar a la compañía de la pareja, los hijos y los amigos, a las aficiones propias y enriquecedoras. Pero también conozco a muchas que hubieran querido aceptar y no lo han hecho porque en ellas ha sido más fuerte que la ambición el sentido de la responsabilidad familiar, la presión de no ser capaces de ocuparse de los suyos, el temor a perder a la pareja en medio del excesivo tráfago laboral… Son casi siempre aquéllas cuyos compañeros han decidido no compartir con ellas el espacio de lo cotidiano. Muchas. Demasiadas.

¿Se plantearía un hombre todas estas cuestiones a la hora de decidir aceptar o rechazar un puesto de responsabilidad? Creo que la respuesta es que en su gran mayoría no lo harían. Al fin y al cabo, ellos llevan siglos de educación pensada para convertirlos en triunfadores, organizada de tal manera que el gran campo de interés sea la actividad profesional y pública (de todo el resto siempre habrá alguna mujer que se pueda hacer cargo, por amor o a cambio de un sueldo.) Nosotras llevamos en cambio siglos de educación pensada para enseñarnos a ocuparnos de los demás y para atender a todos esos “detalles” de la vida cotidiana que ellos no pondrían en pie, pero de los que, desde luego, disfrutan. Supongo que no es fácil deshacerse de toda esa carga. Pero pienso además que ni siquiera sería bueno, ni para nosotras ni para la sociedad: ¿es mejor vivir en un mundo en el que no haya nadie que se ocupe de la educación de los hijos, que atienda al padre enfermo, que se ría o llore con los amigos…?

Me parece que el meollo de la cuestión está ahí. No se trata de que no queramos ejercer el poder, sino de que muchas de nosotras no queremos ejercer el poder tal y como ha sido diseñado hasta ahora, por y para los hombres. Es decir, para un cerebro y un comportamiento típicamente masculinos. Porque, sí, las últimas investigaciones científicas apuntan –aún sin pruebas neurológicas definitivas- a que existen cerebros masculinos y cerebros femeninos. Dicen los expertos que los varones suelen analizar, sistematizar y despreocuparse de los demás, mientras que las mujeres tienden a la visión de conjunto, a establecer lazos de empatía, a buscar la comunicación profunda y a preocuparse por los otros. Aunque estas aportaciones estarían incompletas si no añadiésemos que, pese a que esas diferencias entre los dos sexos parecen existir de manera natural –y numerosos experimentos realizados con bebés que reaccionan de distinta manera según su género tienden a demostrarlo-, el desarrollo psicológico de un ser humano depende luego de infinidad de factores educativos, ambientales, casuales, etc. De tal manera que los científicos concluyen que, entre los hombres, un 60% termina teniendo un cerebro específicamente masculino, un 20% goza del privilegio de un cerebro equilibrado y otro 20% posee un cerebro femenino. En las mujeres, la proporción es exactamente la inversa.

Parece como si, hasta ahora, buena parte de las mujeres que han ejercido el poder lo hayan hecho, como decía Juan de Lucena de la reina Isabel, con “corazones de varón”, con comportamientos propios de cerebros típicamente masculinos. Era difícil que fuese de otra manera, pues carecemos de ejemplos suficientes que puedan plasmar el concepto de un poder femenino y, por otra parte, comportarse como una auténtica mujer en ese ámbito ha significado una absoluta falta de comprensión, cuando no un total menosprecio. A fin de cuentas, tal y como lo conocemos, el poder comenzó siendo esencialmente guerrero, la autoridad del más fuerte –siempre hombre-, y a lo largo del tiempo ha dado prioridad a principios como el dominio, la imposición, la jerarquía, la competitivad, la agresividad y la lucha –tanto en el sentido literal como en el metafórico- por los pequeños intereses personales o del clan (e incluyo ahí la idea de nación). Pero algunas sociedades, por fortuna para nosotros, se han feminizado a lo largo de los siglos. Nuestro mundo occidental ha ido aceptando como buenos valores que proceden más del espíritu femenino que del masculino: la necesidad del diálogo, la empatía hacia los otros o la protección de los más débiles son actitudes que cada vez más ciudadanos responsables esperan encontrar en aquéllos que ejercen el poder en su nombre, al mismo tiempo que rechazan la imposición por la fuerza o la prevalencia de los intereses económicos por encima de cualquier planteamiento ético. Va llegando pues la hora de feminizar definitivamente el poder. De dotarlo de mujeres que se comporten como auténticas y grandes mujeres, imponiendo ellas sus objetivos y sus maneras femeninas, orgullosamente femeninas. Ese cambio en los objetivos y en las formas debería necesariamente conducir a un mundo más rico, más diverso, más solidario, más humano. En definitiva, mejor.

Artículo publicado en El Magazine de La Vanguardia, diciembre 2006

Un poder femenino
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Un pensamiento en “Un poder femenino

  • julio 22, 2016 a las 1:10 pm
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    Coincidió totalmente con el planteamiento. Ardua tarea nos ha encomendado la Historia a las mujeres, pero merece la pena el desafío, al fin y al cabo no es más que la evolución de la especie humana hacia la perfección o lo que más se asemeje. O eso, o nos autoextinguimos, así de claro.
    PD: Deseando tener el libro entre mis manos… 😉

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