DE POR QUÉ LAS MUJERES ESCRIBIMOS DIFERENTE QUE LOS HOMBRES

Y OTRAS ALEGRÍAS DE LA VIDA

(CARTA DE UNA ESCRITORA VETUSTA A SUS JÓVENES HERMANAS CREADORAS)

Presentación blog Ángeles Caso

Empecé a escribir mi primera novela en 1991, cuando mi hija Celia acababa de nacer. Mis hormonas funcionaban de maravilla, mi bebé era una delicia y yo me sentía feliz y capaz de comerme el mundo. ¿Por qué no lanzarme al fin a aquello que deseaba desde pequeña y para lo que me había estado preparando durante tanto tiempo? Me armé de valor y de una buena dosis de insensatez –imprescindible, me temo, en cualquier tarea creativa–, y me puse al trabajo.

En ese momento, además, dirigía y presentaba un programa en RNE, El Ojo Crítico. Pero, ¿quién me iba a parar a mí, pletórica, llena de la energía de los 33 años y de la enorme ambición de quien, por fin, tras mucho tiempo de soñar en silencio, se decide a encontrarse con esas “almas semejantes” que habrán de ser sus lectores? ¿Acaso no iba a poder yo con todo aquello…?

Y sí que pude, claro. Pero a cambio de un esfuerzo gigantesco que no había medido bien antes de comenzar. Durante casi tres años, mientras escribía la primera novela y la mitad de la segunda, no tuve ni un minuto para mí. Todo era trabajo, niña, casa, marido (marido a la antigua usanza, o sea, absolutamente insolidario) y escritura. Ni una cena con amigxs, ni un cine, ni un rato de ocio… Incluso me acostumbré a comer un sandwich deprisa y corriendo, delante del ordenador, mientras escribía. Por aprovechar el tiempo, ya sabéis. No me quedaba otro remedio.

Al cabo de esos tres años, agotada, tuve que optar por abandonar algo. O la escritura, o la radio, o el marido. La niña ni me lo planteaba, por supuesto. Lo de dejar plantado al marido llegó enseguida. Pero, entretanto, opté por abandonar la radio, que me hacía mucho menos feliz que lo que ya era, por fin, mi soñada dedicación a la literatura. Algo que fue muy criticado. Por aquellxs que consideraban que era un riesgo dejar un trabajo seguro para lanzarme a una aventura incierta, y, sobre todo, por aquellos –todos hombres y muy premiados– que me decían rotundamente que un/a escritor/a no debe vivir de su literatura, porque eso te obliga a hacer de tu obra un producto comercial. ¡Hubiera querido verlos a ellos, los puros, escribiendo en las mismas condiciones en las que lo estaba haciendo yo!

Presentación blog Ángeles CasoQuedarme en casa a escribir tuvo sus ventajas, pero también sus inconvenientes. Por supuesto, me convertí en la madre-esposa-hija-hermana-tía-amiga que siempre está disponible para todxs. Horas y horas al teléfono para quienes nunca entendían que estar en casa no significaba estar viendo la tele. Y responsabilidades y compromisos inacabables. Es cierto, por ejemplo, que en verano podía permitirme huir de Madrid e irme dos meses al campo, pero también es cierto que, durante años, mi casa veraniega era una alegre y ruidosa colonia infantil en la que recogía sobrinxs, amigas de mi hija, hijxs de amigxs, etc.

Hasta que Celia se hizo un poco mayor, llevé la vida que la mayor parte de las mujeres que creáis y, al mismo tiempo, sois madres, podéis imaginar. Ni siquiera tuve “una habitación propia”: durante muchos años, mi estudio no tuvo puerta. Y, de cualquier manera, casi siempre acababa trabajando en el salón, con los dibujitos puestos en la tele. O en la cocina, vigilando que no se quemasen los garbanzos. Cosa que, por cierto, pocas veces lograba y que, además, no es nada excepcional: Emily Brontë escribió buena parte de sus extraordinarios poemas en la cocina de su casa familiar, de la que se ocupaba ella.

Descripción sucinta de mi manera de trabajar aquellos años: ruido, niñxs jugando alrededor, niñxs que te interrumpen en mitad de esa-frase-que-estaba-siendo-sublime porque necesitan algo, tú misma que te interrumpes en mitad de esa-frase-que-estaba-siendo-sublime cuando te acuerdas de que tienes que ir corriendo al supermercado porque no hay nada para comer, alarma siempre conectada para recordarte los horarios… Etc. etc. etc. Estoy segura de que conocéis todo eso igual que yo.

Durante algún tiempo, eso me hacía rabiar. Pensaba en la vida de los escritores varones de mi entorno y me daban ganas de llorar. “Estoy atascado con mi novela”, decía uno, “me voy tres meses a una isla griega a ver si lo consigo…” Iba a casa de otro y veía cómo él podía permitirse encerrarse durante horas y horas en su despacho mientras, a su lado, una mujer entregada se ocupaba de todo y mantenía a lxs niñxs alejadxs del santuario a la orden de: “A papá no se le molesta”. ¿Recordáis cuando Vargas Llosa dijo en su discurso del Nobel que Patricia, su mujer (ya exmujer) había sido “todo” en su vida? Pues bien, todos los grandes escritores de éxito que he conocido, todos, tienen una Patricia a su lado: ella ha sido esposa, amante, madre, cuidadora, enfermera, cocinera, administradora, secretaria, limpiadora, banquera, jefa de prensa, musa (¡qué palabra odiosa!), copista, correctora… A veces incluso –se dice de alguna del pasado– “negra”.

A mí, entretanto, como a la inmensa mayoría de las escritoras, artistas o músicas con las que he hablado de todo esto o sobre las que he leído, nadie me preparaba ni un mal bocadillo. Escribía entre pañales, baños, chupetes o, más adelante, deberes, actividades extraescolares, juegos y conversaciones importantes, de esas que una madre tiene con sus hijxs mientras intenta abrirles un poco los ojos a la vida pero no tanto como para se echen a llorar de inmediato… Y, siempre, entre carritos de la compra, trapos del polvo nunca terminados de pasar, cacharros sucios y ollas olvidadas en el fuego.

A ratos me sentía frustrada, cabreada con la vida. ¡Yo quería ser igual que un hombre! Incluso escribí una novela, El mundo visto desde el cielo, sobre un pintor que abandona a su mujer y su hija para centrarse única y exclusivamente en su obra. De alguna manera, él hacía lo que a mí me hubiera gustado hacer (aunque jamás, jamás, deseé abandonar a mi criatura, por supuesto. Solo un ratito de paz, ya me comprendéis…) Hasta que un día ocurrió el milagro. Estaba dando una charla ante el público y expresé esta
queja. Y una mujer allí sentada, a la que nunca he podido olvidar aunque no sepa su
nombre, alzó la mano y me dijo: “No te quejes de todo eso, Ángeles. Todo eso está en tus libros. Y es maravilloso.” Y, en ese mismo instante, cambió mi vida. Presentación blog Ángeles Caso

Sí, chicas, es maravilloso. Aunque ahora no os lo parezca. Y es verdad: en mis libros están las cacas de muchos bebés, los sufrimientos de mi padre enfermo, los llantos inconsolables de esa amiga a la que ha abandonado su marido, la depresión del familiar al que tanto le costó remontar, la larga agonía de mi querida Maite, la soledad de mi madre. Están los pucheros, las fregonas
–las que pasé y las que debía haber pasado pero no tuve ni tiempo ni ganas–, están
la tabla de planchar, los cepillos de peinar a mis perrxs, las gestiones de los bancos y las compañías de suministros y la puta administración, los calzoncillos de aquel novio inútil y la incesante lluvia de calcetines de mi hija, y las pizzas siempre quemadas en el horno porque, mientras escribo o leo algo, se me olvida que están ahí.

Pero también está todo el amor que he dado y recibido, todos los cuidados que he podido ofrecer a quien los necesitaba, toda la ternura y las risas y las lágrimas y el consuelo que he compartido y han compartido conmigo.

Y todo eso, chicas, cada una de las ocupaciones que me han incordiado, retrasado o incluso detenido en mi trabajo, y cada una de las cosas buenas que he recibido a cambio, es la vida. La VIDA. Y la vida se nos cuela, lo queramos o no, en nuestras obras. Y, siempre, siempre, es para bien. Quizá no consigamos nunca producir tanto como ellos. Quizá solo lleguemos a escribir diez novelas en lugar de treinta, a pintar doscientos cuadros en vez de mil. Quizá, incluso, nuestra obra sea más imperfecta desde el punto de vista formal, porque jamás podremos dedicarle el tiempo, la energía, la egoísta concentración que un hombre suele –y puede, porque casi siempre hay una mujer a su lado que se lo permite– dedicar a su trabajo creativo. Pero nuestra obra, no lo dudéis, está viva, respira, tiembla, mana sangre de verdad y lágrimas auténticas, y también irradia amor y generosidad.

No os enfadéis nunca por tener que limpiar un culo mientras pintáis o escribís o componéis o lo que quiera que sea que hacéis. No lamentéis dedicarle tiempo a vuestras amigas doloridas en lugar de estar creando. No os arrepintáis de estar en el parque con vuestrxs hijxs en vez de estar encerradas en vuestra soñada torre de marfil. Las torres de marfil, dejádselas a ellos. ¡Que se ahoguen ahí dentro, si quieren! Dejad que los cubran como a momias de medallas y honores y grandes premios, que sean perfectos y que, entretanto, se pierdan la vida. Vosotras, en cambio, permitid que la vida os lleve y que penetre en vuestra obra. Eso hará que vuestra obra sea grande. Pero, sobre todo, hará que seáis grandes vosotras. ¿Alguien cambiaría eso por una estatua de mármol o un sillón en una academia concedido a la pomposidad y el egoísmo?

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