La vida era amor Relato Mary Shelley Ángeles CasoEste relato sobre Mary Shelley fue publicado en el libro Frankenstein de Pilar Adón, Lola Beccaria, Ángeles Caso, Espido Freire, Irene Gracia, Paula Izquierdo, Santiago Sequeiros y Lourdes Ventura, 451 Editores, Madrid, 2008

LA VIDA ERA AMOR
Villa Magnani,11 de julio de 1822

«Pensaba en Suiza. Era muy diferente de este desolado y espantoso paisaje. Sus colinas estaban cubiertas de viñas, y sus numerosas casas de campo se dispersaban por las llanuras. Sus hermosos lagos reflejaban un cielo azul y sereno, y cuando el viento lo perturbaba, su agitación era un juego de niños si se le compara con el rugir del inmenso océano.»

Yo misma escribí esas palabras un día, cuando la vida era aún un juego, un aleteo de mariposas, el vuelo de una bandada de pájaros emigrando al norte, al sur, infatigables y poderosos y seguros de su destino. La vida eran los amigos, Byron, Claire, los Hunt, Polidori, los Williams… Eran los libros, toda esa belleza y esa paz y ese dolor que emanaba de los blancos papeles olorosos. El mundo nuevo que soñaron mi padre y mi madre, libertad, justicia, gentes honradas y humildemente dichosas. Era mi hijo William, tan diminuto, aquel pequeño enanito pálido y suave al que yo besaba y besaba y besaba, muerta de ternura. Y los viajes incesantes, montañas altas como el cielo bajo las que nos sentíamos inanes y alegres, ríos transparentes, mares agitados, lagos profundos, praderas y viñedos, árboles, cielos, tempestades, el sol, palacios imponentes, iglesias diminutas como pequeñas joyas escondidas en los valles… La vida era el amor. Shelley y yo, caminando juntos al borde del infinito, y toda la fuerza que nos dábamos el uno al otro al amarnos, como si fuéramos a ser eternos.

Yo misma escribí esas palabras entonces, en mi Frankenstein. Creía en ellas. Porque miraba el lago y veía paz. Feliz, feliz, feliz… No soñaba con la felicidad, simplemente vivía dentro de ella, envuelta en de su resplandor como una ostra bajo el brillo protector de su valva.

Iniciamos el viaje en mayo. Claire, mi hermanastra, había decidido enamorarse de Lord Byron. Era un locura más, un simple capricho de aquella alma siempre dispuesta a llamar la atención. Pero ella se lo tomaba en serio: después de leer el Childe Harold, decidió que no podía seguir viviendo sin él. Lo buscó en Londres, dejó que la poseyera y se quedó embarazada, aunque eso nosotros aún no lo sabíamos. Llegó la primavera, Byron huyó a Ginebra, y Claire nos convenció para que lo siguiéramos. ¿Qué mejor cosa podíamos hacer? Shelley y yo le admirábamos. En Inglaterra llovía cada día, gris sobre gris. Las flores se abrían y, asustadas, volvían a cerrarse de nuevo. Sí, viajar, viajar… Volver al continente, encontrar la luz… Llenamos un par de baúles, envolvimos a William en todas las mantas que pudimos encontrar para librarle de los fríos vientos del mar, y viajamos. Cruzamos el estrecho de Calais, atravesamos las llanuras del norte de Francia, descendimos el Rhin entre acantilados y castillos y vegas llenas de verdor, y llegamos a Ginebra.

Byron nos recibió con frialdad: no parecía ilusionarle demasiado el reencuentro con Claire. Pero, después de la primera cena juntos, él y Shelley se habían convertido en los mejores amigos. Se recitaban el uno al otro versos de Coleridge y de Milton, se abrazaban, se miraban fijamente a los ojos como si no hubiera nadie más en la habitación. Ah, sí, aquella habitación, la sala de Villa Diodati donde todo empezó, las tapicerías doradas y verdes, la gran mesa de mármol, el reloj pompeyano sobre la consola, y aquellas figuras a ambos lados de la chimenea, dos pequeños mascarones de mármol que representaban dos sátiros pero que, iluminados por las llamas, parecían dos horribles demonios vivos. Los recuerdo muy bien, haciendo muecas y burlándose de nosotros, la noche en que los monstruos cobraron vida. Llovía desde hacía varios días. Shelley y Byron habían tenido que abandonar sus paseos en barco por el lago. Aun así, íbamos a visitarle a menudo desde nuestra casa en Chapuis, siempre que él nos enviaba su coche. Shelley apretaba contra su cuerpo bajo las ropas algún libro que quería comentar. Yo apretaba contra el mío a William, por protegerle de la lluvia y del frío, y sentía su olor y sus ronroneos de gatito feliz, y la sangre fluía ligera por mis venas y la leche subía hasta mis pechos causándome dolor y felicidad. Aún más felicidad.

Aquella noche llovía demasiado, así que, después de cenar, Byron nos propuso que nos quedáramos a dormir en su villa. Nos instalamos junto al fuego en la sala. Polidori, el médico de Byron, fue a buscar a su habitación un libro que contenía varias historias sobre fantasmas y aparecidos. Lo leímos en voz alta por turnos. Las ramas de los cedros del jardín golpeaban contra los cristales, el viento entraba a través de las rendijas de las ventanas y apagaba algunas velas, las llamas de la chimenea iluminaban los rostros grotescos de los sátiros-demonios, mientras las amadas se convertían en calaveras al ser abrazadas y los grandes señores eran obligados por la Providencia a arrastrarse languidecientes por los corredores de sus castillos y a matar una y otra vez a los primogénitos de su sangre. Los demás chillaban y se reían, burlándose de aquellos cuentos de almas condenadas a vagar por toda la eternidad sobre la tierra. Pero yo tenía ganas de llorar. Un miedo inmenso parecía estar creciendo dentro de mi cabeza, como un hongo venenoso, y me hacía encogerme y temblar: algo dentro de mí percibió en aquel mismo instante que estábamos llamando a la muerte, y que ella vendría atroz y helada sobre nosotros, que pretendíamos jugar impunemente con lo innombrable. La lluvia caía cada vez con más fuerza. Una madera estalló de pronto entre los troncos de la chimenea, y todos nos sobresaltamos. Ellos se echaron a reír. Yo me sequé con disimulo las lágrimas, confiando en que nadie estuviera dándose cuenta de lo que entonces me parecía tan sólo una absurda reacción de mi sensibilidad. Fue en ese momento cuando Byron hizo la propuesta: cada uno de nosotros debería escribir un cuento de fantasmas y tenerlo listo en unos días. Shelley y Polidori aplaudieron entusiasmados como niños. Claire, incapaz de redactar ni siquiera una carta, se abstuvo de aceptar el reto. En cuanto a mí, olvidé por un momento mi angustia. Pensé tan sólo en mi ansia infantil de escribir, animada en los últimos tiempos por el apoyo de Shelley. Me pareció que aceptar el desafío sería una buena oportunidad: tendría que dejar de ponerme excusas a mí misma –el niño, la casa, Shelley, los libros que quería leer- y enfrentarme al fin seriamente a lo que tanto deseaba y tanto temía. Recuerdo que aquella noche apenas dormí, tratando de encontrar una historia que me conmoviera y me aterrara. Pero no se me ocurría nada que no hubiera leído previamente, escrito por otros. Pasaron los días.

Los hombres parecían desbordados por la actividad, y todos ellos se quedaban buena parte del tiempo encerrados en sus habitaciones, poniendo sobre el papel las peores pesadillas de sus propias mentes. Ninguno quería contar nada de su escrito, pero todos estaban de buen humor, se retaban incesantemente los unos a los otros y se gastaban bromas sobre sus capacidades respectivas. Yo, en cambio, seguía vacía, y una especie de pesadumbre comenzaba a acecharme: tal vez nunca sería escritora. Tal vez tendría que renunciar a mi vieja y querida idea antes incluso de empezar a ponerla en práctica. Sentía que estaba arrojándome de bruces al fracaso, un enorme precipicio lleno de rocas cortantes en cuyo fondo yacería herida y muda. Una noche, durante una de esas largas conversaciones que solíamos mantener después de la cena, Shelley y Byron hablaron sobre el origen de la vida y sobre las posibilidades del galvanismo, que parecía capaz de reanimar un cuerpo muerto. Yo les escuchaba atentamente, y sus palabras penetraban en mi espíritu de una forma extraña y lúcida. Creía ver en la realidad lo que ellos tan sólo sugerían, como si fuese sabia y hubiera comprendido todos los misterios de la creación, o más bien como si fuese Dios y los misterios de la creación estuvieran fundidos en mi voluntad. Después, en la cama, las imágenes vinieron por sí mismas. Eran una rara sucesión de hechos horribles que me hicieron estremecerme de mi propio miedo y, a la vez, me llenaron de entusiasmo: tenía mi historia, y sabía que sería capaz de escribirla. Comencé a la mañana siguiente. Y escribí durante meses. Escribí a la orilla del lago de Ginebra, y en carruajes y barcos mientras regresábamos a Inglaterra. Escribí en nuestra pensión de Bath, oyendo a las palomas zurear en los tejados, y en nuestra casa de Marlow, bajo los robles. Hablé de la extrema ambición de los hombres, pero también de su fragilidad. Traté de describir la profunda insatisfacción de los solitarios y la rebeldía de los sufrientes frente al destino y a su creador. Narré el ansia inexpresable de ternura y el deseo aún más profundo de venganza y muerte. La fuerza de nuestros propios sueños y la forma cruel en que la existencia los deposita a menudo en nuestras manos, oscurecidos hasta convertirlos en la peor de las pesadillas. Di vida a Frankenstein y él dio vida a un desdichado demonio, que en mi mente tenía el rostro de los mascarones de Villa Diodati. Y mientras escribía, sosegada, dichosa, exultante, el demonio cobró vida y se abalanzó sobre mí. Sobre todo lo que yo tocaba y amaba. Sobre todos nosotros. Mi hermana fue su primera víctima. Creo que nunca habíamos entendido a Fanny. Cuando nuestra madre murió al darme a mí a luz, ella tenía tan sólo dos años, y aquella ausencia debió de serle insoportable. Mi padre le dio su apellido y la cuidó con dignidad, pero nunca la quiso como a una verdadera hija y para todos era más que evidente que nos trataba de manera muy distinta. Fanny siempre sufrió, siempre estuvo triste. Parecía que una nube oscura flotaba siempre a su alrededor. Todos pensábamos que, simplemente, era apocada. Pero un día, mientras describía en mis papeles cómo el padre de Frankenstein encontraba el cadáver de su hijo William, asesinado por el monstruo, me pareció ver su cara –la cara del sátiro de Villa Diodati- apareciendo en medio de las pequeñas llamas de mi candelabro. Luego supe que, en ese mismo instante, Fanny estaba abriéndose las venas en una pensión de Swansea.

Me sentí terriblemente culpable: por no haberle prestado la suficiente atención a mi hermana, desde luego, pero también porque, de alguna manera, pensaba que la criatura de Frankenstein tenía algo que ver con su muerte. Aparté sin embargo esas ideas morbosas de mi mente y seguí adelante. La vida estaba aún llena de cosas hermosas que equilibraban el peso de la pena: la ternura, el amor, la sabiduría. Y mi propia creación, que me absorbía y me hacía olvidarme del resto del mundo hasta que la voz de la criada o los llantos de William me devolvían a la realidad. Seguí adelante. Y lo mismo hice dos meses después, cuando se suicidó Harriet, la esposa de Shelley. También entonces me creí culpable: al fin y al cabo, Shelley la había abandonado para huir conmigo. Es cierto que él ya no la queria pero, tal vez, si no me hubiera conocido a mí, habría mantenido su matrimonio, como tantos y tantos hacen. Harriet, tan convencional, no pudo comprender el abandono, perdonar la humillación. De la noche a la mañana, se había convertido en un cuerpo extraño en su propio mundo: la gente la trataba con conmiseración, es cierto, pero a sus espaldas la acusaban de no haber sabido elegir marido, o de no haber logrado conservarlo. Las invitaciones a las cenas y los bailes dejaron de llegar, y casi nadie acudía ya a su casa, salvo los más íntimos, que trataban aun así de frecuentarla lo menos posible. Para una mujer que tan sólo vivía reflejándose en los otros, todo aquel desprecio fue demasiado, y acabó sin duda con sus ganas de vivir.

Yo asistí a su entierro a escondidas. Y hubo un momento en el que vi claramente al monstruo atravesando el cementerio entre las tumbas, gigantesco y horrible. Lloré desconsoladamente al regresar a casa, muerta de pánico. Sin embargo, no quise contarle a Shelley lo que estaba ocurriendo, cómo la criatura de Frankenstein cobraba vida alrededor de los muertos. Él creyó que tan sólo lloraba por mi culpa. Me abrazó muy fuerte y me dijo que no debía sentirme responsable: hubiera abandonado a Harriet fuera como fuese, y ella habría terminado por matarse de cualquier modo. Conmigo o sin mí. Me callé por no asustarle, callé mi miedo, y seguí de nuevo adelante. Seguí describiendo cómo la criatura observaba a los De Lacey y aprendía a quererlos y ansiaba ser querida por ellos. Cuando me imaginaba a Ágatha, le prestaba los rasgos hermosos de Harriet, y me parecía que era una manera de compensarla por lo que le había hecho.

Y la vida se puso de nuevo a revolotear y dio una voltereta en el aire, como si quisiese otra vez engañarnos y hacernos creer que aún podíamos vivir bajo la luz: Shelley y yo nos casamos, acallando así las críticas de su padre y el mío y de tantas personas. Nació Allegra, la hija de Claire y Byron, de la que cuidé como si fuera mi propia hija. Y enseguida supe que estaba de nuevo embarazada. En septiembre tuve a la niña, a la que llamamos Clara. Así era: sonrosada y preciosa, un trocito de carne de mi carne al que yo besaba y mimaba con pasión.

El tiempo iba pasando, tranquilo. Mi novela estaba terminada y a punto de ser publicada. Vivíamos en Marlow. En primavera, los álamos se agitaban en la brisa, haciendo sonar sus hojas. Las forsetias y las caléndulas brillaban en el jardín bajo la luz de la luna. Se oía el rumor del río, que corría suave y refrescante. Claire se agarraba a mi pecho. William dormía. Shelley leía sentado a mi lado. Yo sentía que de nuevo era feliz, y creía que, al terminar el Frankenstein, había conjurado definitivamente la presencia del monstruo en nuestras vidas. Pobre, pobre ingenua…

Aquel verano decidimos viajar de nuevo a Italia: Shelley no se encontraba muy bien, y pensamos que el clima del sur mejoraría su salud. Pasamos dos meses bellísimos en Bagni di Lucca, los últimos días de belleza en mi vida. Yo entonces no podía saber lo que sucedería, pero algo dentro de mí se agarraba con toda la fuerza posible a cada minuto de alegría, a cada instante de placer: mis niños que jugaban, Shelley y yo leyendo juntos a Ariosto, nuestros paseos por los bosques… La única tristeza era la que Claire nos contagiaba: a instancias de Byron, había decidido entregarle a Allegra para que él le diera una buena educación, pero ahora la echaba terriblemente de menos y se pasaba los días llorando y lamentándose de su decisión. Apenado por ella, Shelley logró convencer a Bryon –que estaba en Venecia- de que le dejase la niña a su madre durante una semana. Iniciamos el viaje llenos de entusiasmo. Pero, al segundo día, Clara comenzó a llorar. Yo sabía lo suficiente de niños como para entender lo que le ocurría: los pequeños dientecillos de abajo luchaban por salir, perforando sus encías tan tiernas, y mi pobre hija no soportaba el dolor. Cuando llegamos a Venecia, tenía mucha fiebre. Aquella misma noche, mi niña se murió abrazada contra mi pecho. Tenía un año y veintidós días. Y juro por su memoria que, mientras dejaba de respirar, vi la cara del monstruo aparecer tras los cristales de la ventana de nuestra pensión.

Dos años atrás, mi primera hija había muerto con diez días. Entonces había creído que nunca más volvería a tener que atravesar todo ese dolor, ese vacío repentino en el vientre, esa angustia en los pechos de pronto inútiles, la oscuridad que se cierne sobre el pequeño féretro cuando le cae encima la tierra, sí, toda esa oscuridad para siempre…

Ocho meses después, perdí a William. En Roma, bajo el sol lleno de vida del verano. Había dado a luz a tres hijos, y los tres se me habían muerto. A mí, que, aparte de a Shelley, amaba a los niños más que a ninguna otra cosa en el mundo, más que los libros, y los atardeceres dorados, y las aguas plácidas de los lagos, y toda la belleza que pueda caber en el universo. Los tres. Y el monstruo abrió la puerta de la habitación y asomó su cara burlona aquel amanecer, mientras mi niño se volvía blanco y frío en medio del calor asfixiante.

¿Cómo seguí adelante entonces? No lo sé, pero seguí adelante. Tanta, tanta aflicción… El mundo se hundió bajo mis pies como si pisara arenas movedizas. Apenas podía hablar. Ni comer. Ni moverme. Perdí todo el interés por la vida. Sé que seguí respirando, pero no sé cómo. Claire y Shelley me llevaron a Liorna. Alquilaron una casa. Era verano. Shelley instaló su estudio en la terraza. Yo subía allí, movida por algún resorte interior que no alcanzo a recordar, y él me hablaba del poema que estaba escribiendo. Me abrazaba, me acariciaba, trataba de consolar mi dolor. Escuchábamos las canciones de los campesinos. Por la noche, la noria chirriaba, y entre los setos de mirto destellaban las luciérnagas. Yo sabía que la naturaleza brillaba, soleada y alegre, pero dentro de mí sólo había silencio y oscuridad. Algunas veces estallaban tormentas majestuosas, y creía ver el rostro del monstruo dibujándose entre los rayos, y me sujetaba fuerte el vientre, donde crecía un nuevo hijo al que me parecía que tendría que sacrificar también. Entonces Shelley posaba sus manos sobre mi falda, y me juraba que ese niño no se iría con los otros y que nos sobreviviría a los dos. Lo había visto en sueños, decía, un niño-anciano coronado de laureles, nuestro hijo vivo… Shelley creía en el poder premonitorio de sus sueños. Muchas veces me había ocultado las pesadillas que le despertaban en plena noche para no asustarme. Pero yo sé que la muerte de nuestros hijos no le sorprendió, como si la hubiera esperado. Porque había soñado con ella.

¿Y la suya…? ¿Esperaba la suya…? También la soñó. Me lo contó Jane Williams después de que todo hubiera pasado. Shelley se lo había confesado aquella misma mañana, mientras yo cuidaba al niño, muerto de pavor: “Tú y tu marido entrásteis desnudos en mi habitación -le había contado-. Edward me dijo: ‘Levántate, Shelley, el mar inunda la casa’. Yo salí a la terraza y vi cómo el agua entraba a raudales, y comencé a ahogarme. Sé que voy a morir pronto, Jane, lo sé.” Era el 22 de junio de 1822, diez días antes de que ocurriera.

Sobreviví a la muerte de William. Shelley me hizo seguir adelante. Me abrazó, me abrazó tan fuerte que me transmitió todo su calor y me hizo continuar viviendo a pesar de todo. Fuimos a Pisa. Y a Florencia. Y allí, el 12 de noviembre de 1819, nació nuestro cuarto hijo, Percy Florence. Mi pena empezó a calmarse un poco. A pesar de que yo casi no me había alimentado durante su embarazo, a pesar de toda mi tristeza, era milagrosamente robusto y tranquilo, al contrario que sus hermanos, y se entregaba con todo el corazón y en un bendito silencio tanto al acto de mamar como al de dormir o jueguetear conmigo. Su fortaleza y la seguridad de Shelley sobre su futuro –sería un gran artista, decía, por eso lo había visto en su sueño coronado de laureles- me hicieron olvidar los miedos. Volví a comer, a leer, a desear salir. Volví a amar, me agarré de nuevo a mi amor por Shelley a manos llenas. Y comencé a escribir una nueva novela. El rostro del monstruo parecía haber desaparecido una vez más de nuestro mundo. Aunque algo triste y opaco se me había quedado para siempre por dentro: ahora desconfiaba de la vida, y recordaba el tiempo de la felicidad como si hubiera pertenecido a otra persona que no era yo.

Nos instalamos en Pisa por una larga temporada (no puedo evitar pensar cuán breves han sido las largas temporadas en nuestra existencia). Allí hicimos nuevos amigos, y se unieron a nosotros Jane y Edward Williams, encantadores y alegres. Hablábamos, leíamos, escribíamos, paseábamos, íbamos a la ópera o al teatro… Percy crecía y reía. La vida fluía a nuestro alrededor, simple y extraordinariamente. Tan sólo que estuviéramos vivos, los tres vivos, me parecía un milagro.

Aún no sabía que el monstruo únicamente se había tomado un respiro. Una mañana de comienzos del verano, mientras hacía las compras en el mercado, lo vi perderse tras una esquina, con su andar vacilante y su cara de demonio. Voví corriendo a casa, aterrada, temiendo lo peor. Pero no había ocurrido nada: Percy jugaba ruidosamente y Shelley escribía. Yo estaba segura sin embargo de que algo horrible iba a suceder, como las otras veces. Horrible… Dos días después, llegó la noticia de la muerte de Allegra. Sentí tanto dolor, tanta rabia, que aquella noche me levanté de la cama y quemé el manuscrito de Frankenstein en la chimenea. Mientras ardía le rogué desesperadamente a la Providencia que nos librase de la maldición. “Déjanos vivir, le recé fervorosamente, aléjalo de nosotros y déjanos vivir…”

Unos días después, nos instalamos con Claire y con los Williams junto al mar, en San Terenzo, para pasar los meses de calor: la casa blanca, los postigos verdes, el pórtico sobre la arena, los bosques, nuestro barco, y la bahía con las montañas alrededor, como un lago… Eso dijo Shelley cuando llegamos: “Parece que estemos a orillas del lago de Ginebra, en Villa Diodati. Aquí podré navegar día y noche, igual que allí.” Y yo temblé al oírle: “No es un lago, susurré. Es el mar, Shelley, el mar…”

Hace tan sólo diez días, paseaba una noche por la terraza cuando vi al monstruo caminar sobre la arena y adentrarse en el agua, entre las olas diminutas que se rompían igual que pequeñas canciones en la orilla. Se volvió hacia mí, me miró, y se echó a reír. Luego siguió caminando, como si flotase, perdiéndose en la oscuridad. Yo grité, grité muy fuerte. Corrí a la habitación de Percy y lo abracé. Shelley llegó enseguida para saber qué me ocurría. Al fin le conté lo que nunca le había contado: la aparición del demonio de Frankenstein cada vez que alguien de nuestro entorno había muerto. Él fingió reírse, pero había algo profundamente lleno de dolor latiendo en el fondo de sus ojos. “No ocurre nada, Mary –me dijo-. Ha habido demasiadas muertes a nuestro alrededor, y tú tienes la imaginación muy viva, eso es todo. No hagas caso de tus miedos, no los alimentes, o te devorarán.” Traté de creerle, pero el terror no me abandonaba. Le rogué que no se fuera al día siguiente a Génova: Williams y él tenían previsto partir en nuestro barco para recoger a los Hunt, que llegaban desde Inglaterra a instalarse con nosotros para una larga temporada. Después de la aparición del monstruo, aquel viaje me atormentaba. No logré convencerle: “No me ocurrirá nada –me aseguró-. Te lo juro. Y, si debiera ocurrirme, daría igual que me fuera o no en el barco. Recuerda el cuento de las Mil y una noches: cuando debe ir a tu encuentro, la muerte va a buscarte allá donde estés.”

No pude dormir. Durante toda la noche, la cara de Villa Diodati venía una y otra vez a mi mente. Oía de nuevo su risa, y entonces tenía que levantarme para acercarme a la habitación de Percy y comprobar que estaba bien, e inclinarme sobre Shelley para observar si aún respiraba. Al amanecer, salí a la terraza. El sol volvía el mar anaranjado, y allá lejos, cerca del horizonte, se veía la figura de la criatura de las sombras, inmensa sobre las aguas.

Por la mañana traté de convencer de nuevo a Shelley para que no iniciase el viaje. No dijo nada. Sólo negó con la cabeza, como si se hubiera resignado a su suerte. Me despedí de él con el corazón apretado y tratando de contener mis lágrimas. Le abracé larga, largamente, y le dije que lo quería más que a nadie en el mundo, y que debía volver junto a mí. Él me sonrió con tanta tristeza… Me quedé mirando cómo el barco se alejaba e iba disolviéndose poco a poco en la neblina. Hasta que desapareció por completo. Y supe a ciencia cierta que nunca más volvería a verlo.

Cuando Shelley estaba triste, hacía barquitos de papel y los echaba a flotar. Cuando estaba alegre, navegaba. Fluir tranquilo sobre el agua era para él la vida. Y fue la muerte en medio de la tempestad de ese mar que no era un lago. Ese mar que recorría el monstruo de Frankenstein. Mi monstruo.

¿Y ahora?

La vida era amor
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6 pensamientos en “La vida era amor

  • Marzo 21, 2016 a las 8:50 am
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    Buenos días,
    como locas esperando el libro y mientras tanto….vamos a tener la fortuna de este blog amigo, agradable y encantador que da tanta paz….Qué genial!!

    Responder
  • Marzo 23, 2016 a las 8:18 pm
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    Querida Ángeles:
    No he llegado a tiempo de participar en el crowfunding (me enteré a través de Elena Sánchez), pero me encantaría vender tu libro porque estoy segura de que será magnífico. Ya me dirás cómo puedo hacer para conseguir al menos 10 ejemplares.
    ¡Enhorabuena!
    Un abrazo fuerte.

    Responder
  • Enero 7, 2017 a las 8:28 pm
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    He leído algunas cosas tuyas, pocas para todo lo que has escrito, y me gustan mucho. No tengo Facebook, no tengo Twiter… mi conexión de internet es muy lenta, pero algo logro ver. Soy narradora oral de cuentos, soy cubana y vivo en Cuba. Dirijo un Festival de narración oral en La Habana, cada dos años, que se llama Primavera de Cuentos, el próximo será del 20 al 26 de marzo de 2017. Con este comentario solo pretendo decirte que te admiro como mujer escritora porque tus ideas son muy claras y firmes. Recibe un abrazo de Año Nuevo.

    Responder
    • Enero 18, 2017 a las 12:50 pm
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      Muchas gracias por tus palabras Mayra y perdona el retraso de mi respuesta. Éxito en tu festival de la próxima primavera. Un saludo.

      Responder

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